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Anécdotas de Bº Güemes: El agua de San Ignacio

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Por Dr. Carlos Ighina

En tiempos del antiguo Pueblo Nuevo y sus ranchos vecinos de El Abrojal, cuando el terreno era ondulado y hasta laberíntico, la buena gente criolla que habitaba semi oculta ese territorio, se cubría de la amenaza de pesares inminentes, recurriendo al auxilio de la fe un tanto pagana un tanto cristiana, aferrándose al poder simbólico de ciertos elementos.

Hasta bien entrado el siglo pasado, muchos de los sencillos habitantes de esas tierras, golpeaban después de la primera misa del día, las puertas de la Residencia de la Compañía de Jesús para pedirle al hermano lego, llenase por caridad la botella vacía que le alcanzaban, con el agua de San Ignacio.

Con el agua del jesuita en alguna parte del rancho podían estar tranquilos de los malos espíritus, acechanza de males físicos, ayudara bien morir a quienes padecían largas agonías y porque no para calmar a algún iracundo marido.

El agua de San Ignacio, bendita por cierto, ganó difundida fama primero aplicada por manos piadosas y después por humildes vecinos quienes hicieron uso indiscriminado de sus potencialidades curativas, aplicándola en cualquier circunstancia.

Cuenta Azor Grimaut que llegó un punto en el que los sacerdotes de la esquina de Obispo Trejo y Caseros, debieron restringir su reparto, confiándola solamente a personas de crédito moral, entre quienes estaban, sin duda, los patriarcas y matronas de las viejas familias criollas del hoy barrio Güemes.

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