Por Kuki Peralta @peraltakuki
Desde que se conoció la noticia de la visita del Papa León XIV a Córdoba, los teléfonos no dejan de sonar. ¿dónde estará?, ¿qué lugares visitará?, ¿y la gran misa? E inevitablemente surge otra: ¿cuándo fue la última vez que un Papa visitó Córdoba? Para encontrar la respuesta hay que viajar al 8 de abril de 1987.
Yo tenía 26 años y ya me desempeñaba como guía de turismo. Como muchos cordobeses, seguí con enorme expectativa la llegada de aquel Papa carismático y viajero que había conquistado al mundo: Juan Pablo II.

La ciudad se preparó durante semanas para recibirlo. Eran otros tiempos. No existían las redes sociales, teléfonos celulares ni las transmisiones digitales. Sin embargo, Córdoba puso en marcha una verdadera ingeniería humana y técnica para acompañar el histórico acontecimiento.
“Por entonces yo trabajaba en una agencia de publicidad y seguí muy de cerca los preparativos gracias a un compañero y amigo, y a su esposa, quienes tuvieron la responsabilidad de participar en la organización, coordinar aspectos fundamentales vinculados tanto a la infraestructura del espacio donde se celebró la multitudinaria misa como a la compleja tecnología de transmisión que permitió seguir cada instante de la visita papal. Gracias a sus relatos, pude conocer detalles que difícilmente trascendieron al público.”
Había puestos estratégicos: uno de ellos en la intersección de Colón y Santa Fe, otro en una terraza ubicada sobre avenida Colón y General Paz, y un tercero frente al Arzobispado, preparado para captar uno de los momentos que terminaría siendo inolvidable.
Había algo que no figuraba en el protocolo. Se cuenta que, durante los preparativos finales, surgió una pregunta en voz baja: ¿y si el Papa saludaba desde el balcón del Arzobispado? La respuesta quedó en manos del entonces cardenal Raúl Francisco Primatesta. Hombre de pocas palabras, escuchó la sugerencia de instalar parlantes “por si acaso” y respondió simplemente: —Y… pónganlos. Aquello fue interpretado como una autorización silenciosa… Y efectivamente ocurrió.
Desde el balcón derecho del histórico Arzobispado, Juan Pablo II apareció ante una multitud que colmaba la av. Hipólito Yrigoyen. Saludó, habló brevemente y, fiel a su estilo cercano, cerró con una frase que provocó sonrisas y aplausos: —Bueno, váyanse a sus casas que me tengo que ir a descansar– Aquel gesto espontáneo quedó grabado en la memoria de miles de cordobeses.
Ese día, el magnífico edificio de inspiración florentina que engalana la avenida más emblemática de Nueva Córdoba, fue testigo de un momento irrepetible: el saludo del único Papa que, hasta hoy, visitó nuestra ciudad.
Casi cuatro décadas después, Córdoba vuelve a prepararse para escribir una nueva página de su historia. Y mientras crece la expectativa por la llegada de León XIV, el recuerdo de aquel inolvidable polaco que conquistó al mundo vuelve a asomarse, como aquella tarde, desde el balcón del Arzobispado.
Por Kuki Peralta









