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Estancias jesuíticas: Joyas de la Córdoba norteña

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Han pasado 20 años desde que la UNESCO declaró al legado jesuítico cordobés como patrimonio de la humanidad. Desde entonces el interés por conocer cada uno de los espacios que pertenecieran a los hermanos de la Compañía de Jesús ha crecido sin pausa y mucho más aun, desde la elección de un Papa jesuita.

Le invitamos a desandar el tesoro jesuita norteño, una experiencia inolvidable muy cerca de Córdoba y a la vera del fascinante camino real, transitado por los primeros conquistadores y luego por los héroes que forjaron la Argentina. Se trata de las Estancias de Jesús María, Caroya y Santa Catalina, testimonios vivos de la presencia de los hermanos de San Ignacio de Loyola.

Estancia Jesús María


A partir de 1618, la tierra de Guanusacate, pasó a llamarse Jesús María desde que el padre Pedro de Oñate, en representación de la Compañía de Jesús compró esta propiedad que contaba con 20.000 cepas de vid, molino y herramientas varias. En esta estancia los jesuitas se dedicaron a la plantación de frutales y en 1740 construyeron la casa-habitación y una nueva bodega, donde el primer vino del virreinato del Rio de la Plata vio la luz el “Lagrimilla de oro” que, al decir de los documentos, fue servido en la mesa del rey.

Estancia de Caroya


Por el año 1616, los padres adquieren esta estancia con el objetivo de sostener económicamente, con el fruto de las tareas rurales, el gran proyecto educativo de la ciudad de Córdoba. Fue casa de descanso para el alumnado, de ahí su concepción  funcional y arquitectónica en torno a un patio rectangular, galerías que se abren a las habitaciones, una de las cuales fue capilla. Tras la expulsión de los padres en la casa funcionó la primera fábrica de armas blancas y luego fue primera morada de cientos de friulanos que llegaron a la provincia.

Estancia Santa Catalina


En 1622, adquieren la estancia Santa Catalina, (en alusión a la santa egipcia de Alejandría). Tras la canalización del agua por conductos subterráneos de piedra, dos tajamares que hacían funcionar dos molinos, construyeron la imponente iglesia de claro barroco alemán. En su interior se destaca un fastuoso retablo realizado en madera de cedro paraguayo y cubierto con la técnica del dorado a la hoja.

Y al costado mismo de la iglesia, una perla adicional, la antigua ranchería, lugar donde residían los esclavos y naturales.

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